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Deepfakes y su Impacto en la Democracia Digital

Por: Carlos Piña

En el mundo digital en el que vivimos, la ciberciudadanía se erige como la base fundamental que determinará la robustez de nuestra democracia en la era de la información. Antes de abordar las amenazas que los deepfakes representan para la democracia, es importante comprender los conceptos que determinan a una sociedad dentro de un ecosistema digital. Además de poder describir la interacción y los roles que juegan cada uno de los actores dentro de las plataformas digitales.

En este sentido, podemos conceptualizar a la ciberciudadanía como el máximo aprovechamiento de las tecnologías de información y comunicación, el Internet y las redes sociales de manera ética, segura, responsable y activa. Esta conceptualización nos lleva de vuelta a lecciones de civismo, recordándonos la importancia de la ética y la responsabilidad moral en el espacio digital. Así, podemos determinar que existen tres pilares de intervención: el gobierno, las empresas y la sociedad civil, formando un ecosistema interrelacionado que debe ser construido con responsabilidad y conciencia cívica, justo como se hace en el mundo real.


Desafíos de la Desinformación

En este entorno digital, la desinformación se propaga seis veces más rápido que la información verídica, un fenómeno que plantea una amenaza directa a la construcción de una ciberciudadanía sólida. Los sesgos políticos y morales alimentan esta desinformación, convirtiéndonos en propagadores involuntarios. Es decir, nosotros mismos podemos ser directa o indirectamente generadores de desinformación y amplificadores de noticias falsas.

Con la llegada de los deepfakes, cada día más sofisticados, se agrega una capa adicional de complejidad y peligro a esta ecuación. Estas representaciones audiovisuales generadas por inteligencia artificial son capaces de imitar a la perfección voces y rostros, llevando la manipulación digital a niveles sin precedentes. Nunca fue tan complicado para el ojo humano, poder distinguir entre lo orgánico y lo sintéticamente creado.

La facilidad con la que se pueden crear deepfakes es alarmante. Desde el intercambio de rostros, hasta la generación de videos completos con cuerpos ajenos, los deepfakes pueden desencadenar consecuencias desastrosas. La capacidad de difamar a líderes políticos, personalidades públicas o incluso civiles plantea un riesgo latente para la integridad de cualquier democracia.

Más allá de las implicaciones políticas, los deepfakes se utilizan para propósitos más oscuros, como la venganza amorosa y la generación de contenido pornográfico no consensuado. La vulnerabilidad de cualquier individuo ante esta tecnología representa una amenaza directa a la privacidad y la seguridad de cada persona.

Por lo tanto, la falta de legislación específica sobre los deepfakes crea un vacío legal que permite su proliferación y generación indiscriminadamente. Su capacidad para burlar los controles visuales tradicionales complica aún más la identificación de contenido falso, planteando desafíos éticos y legales que deben abordarse de manera urgente por los órganos jurídicos de cada nación. Sin embargo, la elaboración o propuestas de ley, resultan bastante complicadas y temporalmente tardías en comparación con la velocidad en la cual se desarrollan las nuevas tecnologías emergentes de la Inteligencia Artificial.


Construyendo una Defensa: Ciberciudadanía Activa

Ante este panorama, la construcción de una ciberciudadanía activa se convierte en la primera línea de defensa. Con la Inteligencia Artificial como una herramienta omnipresente en nuestras vidas, es crucial empoderar a los ciudadanos para que actúen como sensores sociales y denuncien cualquier anomalía que pueda ser detectada y etiquetada. Este rol es un papel fundamental que se deberá construir a partir de la participación activa de los miembros del ecosistema digital: gobierno, empresas y sociedad civil.

Dicho ecosistema deberá ser un escudo protector que nos permita educar digitalmente a todos los usuarios de las plataformas digitales con el propósito único de minimizar los daños que la Inteligencia Artificial generativa pudiese causar.

Así mismo, se deberá considerar en fomentar el uso responsable y ético a las futuras generaciones, en cuanto al uso de las nuevas tecnologías de Información, para que estas personas sean capaces de evitar compartir contenido dañino o generar desinformación de manera indirecta.

Del mismo modo, se deberá promover nuevas formas de regulación que sea adaptativas a las nuevas creaciones tecnológicas que puedan ir emergiendo con el tiempo. Este tipo de plasticidad regulatoria tendrá que ser abordada por grupos formados por especialistas en Inteligencia Artificial, así como grupos con perspectiva en derechos humanos y juristas digitales.

Además, es necesario capacitar a aquellas personas especialistas en temas informáticos que puedan apoyar a la sociedad en general con su conocimiento en el uso de herramientas que sean capaces de identificar este tipo de tecnología maliciosa.


Conclusiones: Actuar Ahora para Proteger Nuestra Democracia

Aunque el avance de la tecnología y los deepfakes parece imparable, aún estamos a tiempo de fortalecer nuestra ciberciudadanía. La prevención y la conciencia colectiva son nuestras mejores armas contra la desinformación y la manipulación digital. En la encrucijada de la democracia digital, el futuro depende de nuestra capacidad para construir una sociedad responsable y digitalmente ética.

Es importante señalar que una sociedad preparada e ilustrada tecnológicamente hablando será capaz de identificar este tipo de contenidos que puedan causar daño a los grupos más vulnerables dentro de una sociedad, tales como: personas con alguna discapacidad, menores de edad, grupos minoritarios, entre otros.

Por lo tanto, es pertinente comenzar con un plan integral para inculcar el bueno uso de las tecnologías emergentes y como explotarlas para tareas más productivas y menos dañinas para aquellos que desconocen de su uso o existencia.


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